El búnker se llenó de un silencio denso, casi opresivo. El eco lejano del generador retumbaba como un latido constante, recordándoles que allí abajo, en ese refugio oculto, no existía el mundo exterior. Los tres hombres se acomodaron en las sillas metálicas, cada uno con la vista fija en Serena. Querían respuestas. Y ella, por primera vez desde que la conocieron, parecía dispuesta a dárselas.
Serena no se encogió ante sus miradas; su postura seguía erguida, los hombros firmes y la barbilla lige