El pitido metálico resonaba por todo el búnker, cortando el aire con una urgencia que ponía los nervios de punta. Las luces parpadearon un par de veces antes de estabilizarse. Dante, apoyado en la mesa, intentaba mantenerse erguido, mientras Iván y Mikko intercambiaban miradas tensas.
Serena se movió hacia el panel principal de control. Con unos toques rápidos, desplegó una imagen en blanco y negro: figuras desplazándose por el bosque, armadas, con pasos medidos.
—No son animales —dijo con voz