La mansión de Corrado Balestra estaba envuelta en un silencio sofocante, solo roto por el tic-tac de un reloj antiguo en el despacho principal. Corrado se hallaba sentado detrás de su escritorio de caoba, con una copa de vino tinto en la mano, los ojos clavados en la nada. Desde que Serena había escapado, la rabia lo consumía. Esa muchacha había sido su pieza de control, su moneda de poder, y ahora se le escurría entre los dedos como agua.
La puerta del despacho se abrió con un leve crujido. En