La luz tenue del laboratorio del búnker bañaba las paredes en un tono ámbar. El aire olía a desinfectante y metal. Serena, con las mangas subidas y un botiquín abierto frente a ella, limpiaba la herida de su hombro. Sus movimientos eran precisos, fríos, como si estuviera reparando una máquina y no su propio cuerpo.
Dante la observaba desde una silla baja. El dolor aún le recorría el torso, pero no podía apartar la vista de ella. Había visto asesinos, médicos de campaña y cirujanos improvisados…