La madrugada cayó como una sentencia.
No hubo explosiones, ni alarmas, ni movimientos visibles. Solo un cambio casi imperceptible en el aire, como si el mundo hubiera decidido inclinarse apenas un grado hacia el desastre. Dante lo sintió incluso antes de que los informes comenzaran a llegar.
Zhar siempre lo sentía.
Serena dormía de forma irregular. Su respiración no encontraba un ritmo constante, y cada cierto tiempo su cuerpo reaccionaba con un espasmo leve, como si estuviera luchando contra algo que no podía ver. Los monitores emitían pitidos suaves, constantes, pero Dante no confiaba en sonidos. Confiaba en instintos.
Y el suyo estaba gritando.
—La presión está subiendo otra vez —murmuró la médica, ajustando el goteo—. El estrés está afectando más de lo esperado.
—¿Cuánto margen tenemos? —preguntó Dante.
La mujer dudó.
Ese silencio fue peor que cualquier respuesta.
—No podemos permitir otro episodio —dijo finalmente—. Si vuelve a colapsar, el riesgo ya no será teórico.
Dante asinti