El silencio de la sala era antinatural.
No el silencio común de un cuarto cerrado, sino uno espeso, contenido, como si las paredes supieran que algo irreversible estaba a punto de ocurrir. Isabella permanecía sentada, las manos atadas al frente, la espalda rígida. No lloraba. No suplicaba. Eso era lo que más la delataba.
Dante no se sentó frente a ella.
Se quedó de pie.
Zhar no interroga desde el mismo nivel.
Ekaterina permanecía a un lado, inmóvil, observando cada microgesto: el temblor apenas