El silencio de la sala era antinatural.
No el silencio común de un cuarto cerrado, sino uno espeso, contenido, como si las paredes supieran que algo irreversible estaba a punto de ocurrir. Isabella permanecía sentada, las manos atadas al frente, la espalda rígida. No lloraba. No suplicaba. Eso era lo que más la delataba.
Dante no se sentó frente a ella.
Se quedó de pie.
Zhar no interroga desde el mismo nivel.
Ekaterina permanecía a un lado, inmóvil, observando cada microgesto: el temblor apenas visible en los dedos de Isabella, el parpadeo irregular, la respiración superficial. Mikhail vigilaba la puerta, cruzado de brazos, como una sombra que había decidido no moverse jamás.
—Empieza —dijo Dante.
Isabella alzó la vista lentamente.
—Si hablo… estoy muerta.
—Si no hablas —respondió Dante con absoluta calma—, lo estarás igual. La diferencia es cuánto dolor decides cargar antes.
Ella cerró los ojos un instante.
—No fue Lorenzo —repitió—. Él era solo… ruido. Violento. Impulsivo. Creía que