El silencio del búnker se había vuelto espeso, como si el aire mismo cargara con los secretos que aún no se decían. Serena estaba sentada en el sofá de cuero gastado, con los brazos cruzados, observando cómo Dante acomodaba la pistola sobre la mesa metálica. El sonido del arma al hacer contacto con la superficie fue seco, resonante, y a ella le arrancó un suspiro cargado de ironía.
—Tienes un modo muy romántico de pasar la noche, ¿sabes? —dijo Serena, arqueando una ceja, con una chispa de sarc