La noticia del banquete no tardó en llegar a los oídos equivocados. Corrado estaba sentado en la sala de reuniones de su villa, una mansión rodeada de altos muros y protegida por hombres armados hasta los dientes. A su lado, Salvatore tamborileaba los dedos sobre la mesa de mármol, inquieto.
—¿Así que celebraron un banquete en la fortaleza? —dijo Corrado con voz áspera, apretando el vaso de whisky entre sus dedos—. Y no solo eso… ¡invitaron a todos los malditos capos y organizaciones internacio