La casa rodante, mi refugio, se había transformado en un quirófano improvisado. La luz tenue de la bombilla de emergencia creaba sombras alargadas, haciendo que el pequeño espacio se sintiera aún más claustrofóbico. Con manos temblorosas pero firmes, desinfecté mis herramientas quirúrgicas, las mismas que mi padre me había enseñado a usar. El olor a alcohol se mezclaba con el olor metálico de la sangre. Un olor que me recordaba la fragilidad de la vida humana. Mi corazón latía con la fuerza de