Los días pasaban como si fueran segundos dentro de la fortaleza. Cada sala estaba llena de movimiento: cajas que entraban y salían, listas revisadas, teléfonos desechables vibrando sin parar.
Los hombres regresaban de sus viajes, uno tras otro, cargando con peticiones adicionales.
—Señor Dante —informó uno de ellos, entregando una carpeta—, la Camorra pidió veinte brazaletes más. La Bratva solicitó cincuenta, incluyendo los de seguridad. Los chechenos duplicaron su número de asistentes.
Dante h