En la fortaleza, las pantallas de control se iluminaban con luces rojas y verdes, cada una representando un destino, un envío, una respuesta. Los hombres contratados por Dante ya habían regresado de los primeros viajes: las cajas estaban siendo entregadas.
En Sicilia, Salvatore recibió la suya durante una reunión con socios. La caja negra, impecable, descansaba sobre la mesa de caoba. Con gesto arrogante, rompió el sello y observó el contenido: el champagne, el teléfono, el brazalete metálico.