Bajo la luz tenue de las velas, Anastasia Volkova reposaba exhausta después de horas de labor. El eco de su respiración entrecortada aún llenaba la habitación, acompañada por los susurros de las mujeres que habían asistido el parto. Afuera, el aire de la madrugada cargaba una tensión densa; todos en la fortaleza sabían que lo que acababa de ocurrir cambiaría la historia.
Un llanto rompió el silencio. Agudo, fuerte, lleno de vida. Era el grito del hijo de Mikhail Volkhov y Anastasia, el nuevo he