El amanecer no trajo luz.
Trajo claridad.
Serena llevaba horas despierta cuando Dante entró en la habitación sellada. No había dormido. Él lo supo de inmediato: la quietud de ella no era cansancio, era decisión.
—No puedes seguir así —dijo Dante, cerrando la puerta tras de sí—. Caterina…
—Caterina ve cifras —lo interrumpió Serena—. Yo siento patrones.
Dante se quedó quieto.
—Ya empezó, ¿verdad? —preguntó ella—. No los ataques… la narrativa.
Dante no respondió.
Eso fue respuesta suficiente.
Sere