El silencio del búnker esa noche era casi insoportable. Serena se había recostado en la cama pequeña que ocupaba, con la manta ligera cubriéndole apenas los hombros. La respiración profunda de Dante, sentado en una silla a pocos pasos de ella, llenaba el espacio. Podría jurar que podía sentir el calor de su presencia, como si aquel hombre fuese capaz de incendiar el aire con solo estar cerca.
—No tienes que quedarte ahí vigilando —murmuró ella con suavidad, girándose apenas para mirarlo.
Dante l