El silencio en el búnker era distinto cuando los demás no estaban. Serena lo notó de inmediato: no había pasos pesados de Iván, ni las bromas de Miko, ni el movimiento constante de los recién llegados. Solo quedaba el eco del propio aire y la tensión invisible que compartía con Dante.
Había intentado discutir, pero tanto Iván como Miko habían sido tajantes:
—No vas a arriesgarte, Serena. Es mejor que te quedes aquí.
Y como si eso no fuera suficiente, habían añadido con una mirada cómplice hacia