Mundo ficciónIniciar sesiónCamila no recordaba cómo había llegado al estacionamiento.
Ni cómo había atravesado los jardines de la mansión. Ni siquiera cómo había logrado despedirse del portero cuando abandonó la propiedad. Su mente seguía atrapada en el despacho. En las acusaciones de Leonardo. En la decepción que había sentido al descubrir que él realmente creía que era capaz de manipular a Alejandro para conseguir un matrimonio. Mientras el taxi avanzaba por las calles iluminadas de la ciudad, apoyó la cabeza contra la ventana y cerró los ojos. Estaba agotada. No físicamente. Emocionalmente. Porque aquella noche había destruido muchas cosas. Algunas ni siquiera sabía que todavía existían. Durante años se había repetido que lo que sentía por Leonardo era una tontería. Un enamoramiento adolescente que algún día desaparecería. Sin embargo, una parte de ella había conservado ciertas ilusiones. Pequeñas. Ridículas. Secretas. La esperanza de que algún día él la viera de verdad. La esperanza de que pudiera descubrir quién era ella más allá de las reuniones familiares. Más allá de los comentarios de los demás. Más allá de la imagen que parecía haberse construido en su cabeza. Ahora comprendía que nunca había existido esa posibilidad. Porque para Leonardo ella no era Camila. Era simplemente la chica que su padre protegía. Nada más. Cuando el taxi se detuvo frente a su edificio, pagó el servicio y subió lentamente las escaleras. El ascensor llevaba semanas averiado. Normalmente aquello le molestaba. Aquella noche ni siquiera tuvo fuerzas para quejarse. Al entrar al apartamento, encendió la luz y observó el pequeño espacio que tanto amaba. Por primera vez en todo el día sintió algo parecido a tranquilidad. Aquellas paredes conocían todas sus versiones. La niña asustada. La adolescente solitaria. La joven artista que todavía luchaba por abrirse camino. No necesitaba fingir allí. No necesitaba demostrar nada. Dejó el bolso sobre una silla y caminó directamente hacia el lienzo que había estado pintando por la mañana. Lo observó durante varios segundos. Después tomó un pincel. Y comenzó a trabajar. A varios kilómetros de allí, Leonardo seguía furioso. Había abandonado el despacho poco después de que Camila se marchara. No quería seguir escuchando a su padre. No quería escuchar explicaciones. No quería escuchar razones. Nada de aquello cambiaba la realidad. Al llegar a su habitación, aflojó el nudo de la corbata y la lanzó sobre una silla. La frustración seguía creciendo dentro de él. Nunca en su vida alguien había intentado decidir algo tan importante por él. Y mucho menos su propio matrimonio. Su teléfono vibró. No necesitó mirar la pantalla para saber quién era. Andrea. Contestó después del tercer intento. —¿Dónde estás? La voz de Andrea sonó más alterada de lo habitual. —En mi habitación. —Necesitamos hablar. Leonardo cerró los ojos. Aquello era exactamente lo que no quería hacer. —No esta noche. —¿No esta noche? Andrea soltó una pequeña risa incrédula. —Leonardo, tu padre acaba de anunciar que te casarás con otra mujer. —Lo sé. —¿Y eso es todo lo que vas a decir? Él se pasó una mano por el rostro. —¿Qué quieres que diga? —Quiero que me digas que vas a detener esta locura. Leonardo se acercó a la ventana. La ciudad brillaba a lo lejos. Durante toda su vida había sabido exactamente qué hacer. Siempre había tenido un plan. Una estrategia. Un objetivo. Aquella era la primera vez que sentía que estaba perdiendo el control. —Lo intentaré. —Intentarlo no es suficiente. La voz de Andrea se endureció. —No pienso quedarme mirando mientras otra mujer ocupa mi lugar. Aquella frase le resultó extraña. No supo exactamente por qué. Tal vez porque Andrea sonaba más preocupada por perder algo que por perder a alguien. Pero desechó el pensamiento casi de inmediato. Tenía demasiados problemas para empezar a analizar cada palabra. —Mañana hablaremos. —Leonardo... —Mañana. Y colgó. A la mañana siguiente, Camila despertó sobre el sofá. Ni siquiera recordaba haberse quedado dormida. La luz del amanecer atravesaba las cortinas. Y el cuadro que había estado pintando seguía frente a ella. Durante horas había trabajado sin descanso. Era algo que hacía cuando necesitaba escapar de sus pensamientos. Y aquella noche había tenido demasiados pensamientos de los que escapar. Se levantó lentamente. Le dolía el cuello. Y también el orgullo. Mientras preparaba café, intentó convencerse de que lo ocurrido la noche anterior no importaba. Era una decisión absurda. Alejandro terminaría cambiando de opinión. Leonardo encontraría alguna manera de evitar el matrimonio. Todo volvería a la normalidad. O al menos eso esperaba. El sonido de su teléfono interrumpió sus pensamientos. Frunció el ceño al ver el nombre en la pantalla. Alejandro. Por un momento consideró no responder. Pero sabía que eso no resolvería nada. —Buenos días. —Buenos días, pequeña artista. Aquella expresión normalmente lograba hacerla sonreír. Aquella mañana no. —Supongo que no llamas para preguntarme por mi cuadro. Alejandro soltó un suspiro. —No. —Lo imaginé. Hubo unos segundos de silencio. —¿Sigues enfadada conmigo? Camila apoyó la taza sobre la mesa. —No estoy enfadada. —Entonces eres mejor mentirosa de lo que pensaba. Ella no pudo evitar sonreír un poco. Solo un poco. —¿Qué quieres, Alejandro? —Que desayunes conmigo. —No. —Camila. —No quiero volver a esa casa. La sinceridad de sus palabras sorprendió incluso a ella misma. Porque era verdad. No quería volver. No quería encontrarse con Victoria. Ni con Andrea. Ni con Leonardo. Especialmente con Leonardo. —Entonces desayunaremos en otro lugar. Camila permaneció en silencio. —Por favor. Aquella simple palabra llamó su atención. Alejandro rara vez pedía las cosas de esa manera. —¿Por qué? La respuesta tardó varios segundos en llegar. —Porque te debo algunas explicaciones. Y por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, Camila sintió que quizás estaba a punto de obtener algunas respuestas.






