Mundo ficciónIniciar sesiónCamila llegó al café quince minutos antes de la hora acordada.
No era porque estuviera especialmente ansiosa por ver a Alejandro. De hecho, una parte de ella todavía se sentía molesta por todo lo ocurrido la noche anterior. Sin embargo, quedarse en el apartamento tampoco había sido una opción. Había intentado pintar. Había intentado leer. Incluso había intentado convencerse de que aquello no era asunto suyo y que tarde o temprano los Montenegro resolverían sus problemas sin arrastrarla con ellos. Pero cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar la voz de Leonardo. "Antes muerto que casarme con ella." Era absurdo cuánto podían doler unas pocas palabras. Quizás porque no provenían de un desconocido. Quizás porque provenían de alguien a quien llevaba demasiado tiempo admirando en silencio. O quizás porque, por primera vez, había tenido que enfrentarse a la realidad de que el hombre del que se había enamorado y el hombre que realmente existía podían ser dos personas completamente distintas. Pidió un café y se sentó junto a una ventana. El lugar era tranquilo a esa hora de la mañana. Algunas personas trabajaban con sus computadores portátiles. Otras conversaban en voz baja. Nadie prestaba atención a la joven artista que observaba distraídamente la calle mientras intentaba ordenar sus pensamientos. Alejandro llegó pocos minutos después. A diferencia de la noche anterior, no vestía traje. Llevaba ropa más informal, aunque seguía conservando esa presencia imponente que parecía acompañarlo a todas partes. Cuando la vio, sonrió. Y por primera vez desde que lo conocía, Camila notó algo diferente en él. Cansancio. Un cansancio profundo que parecía haberse instalado detrás de sus ojos. —Gracias por venir. —No estaba segura de hacerlo. Alejandro tomó asiento frente a ella. —Lo imaginé. Durante unos segundos ninguno habló. El mesero se acercó para tomar la orden de Alejandro y luego volvió a alejarse. Solo entonces Camila decidió ir directo al punto. —Dijiste que me debías explicaciones. La sonrisa desapareció lentamente del rostro del hombre. —Sí. —Entonces empieza por decirme por qué. Alejandro sostuvo su mirada. —Porque confío en ti. Camila dejó escapar un suspiro exasperado. —Ya me dijiste eso. —Porque es la verdad. —No es suficiente. Por primera vez, Alejandro pareció quedarse sin palabras. Y eso era extraño. Durante toda su vida lo había visto resolver problemas, cerrar acuerdos millonarios y manejar situaciones imposibles con una facilidad casi insultante. Sin embargo, aquella conversación parecía ponerlo incómodo. —¿Sabes qué es lo peor? —preguntó finalmente Camila—. Que ni siquiera estoy segura de cuál es mi papel en todo esto. Alejandro guardó silencio. —Tu familia cree que manipulé esta situación. Victoria está convencida de ello. Andrea probablemente también. Y Leonardo... La joven bajó la mirada hacia su taza. —Leonardo ya decidió quién cree que soy. El hombre apoyó ambas manos sobre la mesa. —Leonardo está equivocado. —Tal vez. —No. Está equivocado. La firmeza de su respuesta hizo que Camila levantara la vista. —Entonces explícale eso a él. Alejandro dejó escapar un largo suspiro. —Las personas no siempre escuchan cuando están enfadadas. Aquella frase le recordó demasiado a Leonardo. Terco. Orgulloso. Convencido de tener razón incluso cuando no la tenía. Y por alguna razón eso hizo que algo parecido a una sonrisa apareciera brevemente en sus labios. Alejandro la vio. —¿Qué ocurre? —Nada. —Eso parecía una sonrisa. —Tal vez. El hombre arqueó una ceja. —¿Sabes que es increíblemente frustrante cuando haces eso? —¿Hacer qué? —Responder como si estuvieras diciendo algo sin decirlo realmente. Camila soltó una pequeña risa. La primera desde la noche anterior. Y aquello pareció aliviar un poco la tensión entre ambos. Sin embargo, la tranquilidad duró poco. Porque todavía había demasiadas preguntas sin responder. —Alejandro... El hombre volvió a ponerse serio inmediatamente. —Dime. —¿Mi madre tiene algo que ver con esto? Durante unos segundos el ruido del café pareció desaparecer. Camila observó cuidadosamente su reacción. La forma en que sus hombros se tensaban. La manera en que evitaba responder de inmediato. Y entonces comprendió que no estaba equivocada. Había algo. Algo importante. Algo relacionado con Valeria. —¿Por qué preguntas eso? —Porque anoche mencionaron a mi madre más de una vez. Porque Victoria parecía enfadarse cada vez que alguien la nombraba. Porque tú reaccionaste de una forma extraña. Porque llevo años sintiendo que hay cosas que nadie me cuenta. La sinceridad de sus palabras quedó suspendida entre ellos. Alejandro permaneció inmóvil durante varios segundos. Luego apartó la mirada hacia la ventana. —Tu madre fue una persona extraordinaria. La respuesta decepcionó a Camila. No porque fuera mentira. Sino porque no respondía nada. —Eso ya lo sé. —También fue una mujer muy querida. —Alejandro. —Y cometió algunos errores. Aquello llamó su atención. —¿Qué clase de errores? El hombre sonrió con tristeza. —Los mismos que cometemos todos cuando estamos enamorados. Camila frunció ligeramente el ceño. No entendía hacia dónde iba aquella conversación. Y tenía la sensación de que Alejandro estaba escogiendo cuidadosamente cada palabra. Como si caminara por un campo minado. —¿Qué estás intentando decirme? —Que hay historias que necesitan tiempo para contarse. La frustración regresó con fuerza. —¿Otra vez? —Camila... —Siempre es lo mismo. La joven se inclinó ligeramente hacia adelante. —Cada vez que pregunto algo importante me dices que todavía no es el momento. Cada vez que intento entender mi pasado alguien cambia de tema. Cada vez que creo estar cerca de una respuesta aparece otro secreto. La expresión de Alejandro se suavizó. Y durante un instante pareció más viejo. Mucho más viejo. —Porque algunas respuestas cambian vidas. —Entonces quizás merezco conocerlas. Aquellas palabras hicieron que el hombre guardara silencio. Un silencio largo. Reflexivo. Doloroso. Finalmente tomó aire. —Las mereces. El corazón de Camila se aceleró. —Entonces dime la verdad. Alejandro sostuvo su mirada. Y por primera vez pareció considerar seriamente hacerlo. Sin embargo, al final negó lentamente con la cabeza. —Todavía no. La decepción fue inmediata. Brutal. —No puedo creerlo. Camila se levantó de la silla. —Camila... —No. Sacó algunas monedas de su bolso y las dejó sobre la mesa. —Gracias por el café. —Escúchame. —Llevo años escuchando. La joven tomó su bolso. —Quizás ya es hora de que alguien empiece a hablar. Y sin esperar respuesta, se alejó. Mientras caminaba hacia la salida no vio la expresión de Alejandro. No vio el dolor reflejado en su rostro. No vio cómo observaba una fotografía guardada en su billetera. Una fotografía antigua. Desgastada por el tiempo. La imagen de una mujer sonriente sosteniendo a una pequeña niña en brazos. Valeria y Camila. Y mientras observaba aquella fotografía, Alejandro comprendió que el tiempo que había estado intentando ganar se estaba agotando. Porque los secretos siempre encontraban la forma de salir a la luz.






