Mundo ficciónIniciar sesiónLa manija terminó de girar.
Camila sintió que la respiración se le detenía por un instante. Todo su cuerpo reaccionó antes que su mente. Dio un paso hacia atrás de forma instintiva, mientras Esteban se colocaba discretamente delante de ella. La puerta se abrió. Durante un segundo, nadie habló. Un hombre vestido con un traje oscuro apareció en el umbral. Tenía un pequeño corte en la ceja y respiraba con dificultad, como si hubiera corrido varios pisos sin detenerse. —Señor Esteban... Su voz sonaba agitada. —Tenemos que salir. Ahora. Esteban relajó apenas los hombros. —¿Qué ocurrió? —Hay dos hombres preguntando por usted en la entrada principal. El personal de seguridad los está entreteniendo, pero no tardarán en revisar el edificio. Camila alternó la mirada entre ambos. —¿Quiénes son? El hombre negó con la cabeza. —No mostraron ninguna identificación. Solo dijeron que necesitaban hablar con el señor Esteban. —¿Y rompieron un vidrio para eso? —preguntó Camila, incapaz de ocultar el nerviosismo. —No. El empleado tragó saliva antes de continuar. —El vidrio lo rompieron desde afuera. Fue una advertencia. El silencio cayó sobre la habitación. Esteban cerró lentamente la carpeta donde había guardado las cartas de Valeria y el diario de Sebastián. Después la sostuvo contra su pecho con una delicadeza que llamó la atención de Camila. Aquellos documentos no eran simples papeles. Eran la memoria de varias vidas. Y alguien estaba dispuesto a destruirla. —Por aquí. El galerista señaló una puerta mucho más pequeña que pasaba casi desapercibida entre las paredes blancas de la sala. —La galería fue una casa hace muchos años. Conserva algunos pasillos de servicio que casi nadie conoce. Camila no hizo preguntas. Lo siguió. El corredor era estrecho y estaba iluminado por antiguas lámparas empotradas en la pared. El contraste con la elegancia de las salas de exposición era enorme. Allí no había cuadros ni esculturas. Solo paredes de ladrillo visto y un leve olor a madera envejecida. Mientras caminaban, Camila no podía dejar de pensar en la conversación interrumpida. —Esteban... Él siguió avanzando. —Después. —No. Su voz salió más firme de lo que esperaba. —Llevo toda mi vida esperando respuestas. No voy a seguir caminando sin saber qué está pasando. El hombre redujo la velocidad hasta detenerse. Giró lentamente hacia ella. Sus ojos reflejaban cansancio. Un cansancio que parecía haberse acumulado durante décadas. —El hombre que me llamó dijo llamarse Sebastián Durán. Camila sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Ninguna respuesta salió de su boca. Simplemente lo miró. Esperando que añadiera algo. Que dijera que se trataba de un error. De una confusión. Pero Esteban continuó hablando con absoluta seriedad. —Reconocí su voz inmediatamente. Aunque habían pasado treinta años. Hay voces que uno nunca olvida. Camila sintió un escalofrío recorrerle la espalda. —¿Por qué no apareció antes? Esteban bajó la mirada. —Porque me dijo que llevaba treinta años huyendo. —¿De quién? El galerista levantó lentamente la cabeza. —Eso fue precisamente lo que no alcanzó a explicarme. Al mismo tiempo, Leonardo conducía a gran velocidad por las calles de la ciudad. Su teléfono permanecía conectado al sistema del automóvil. —¿Siguen ahí? —preguntó. —Sí, señor. La voz de Diego sonó tensa. —Los dos hombres continúan frente a la galería. Pero hace unos minutos entró un tercero. Leonardo apretó con fuerza el volante. —¿La policía? —Todavía no. No queremos provocar una situación mayor sin saber qué ocurre realmente. Leonardo guardó silencio unos segundos. Su intuición le decía que aquello no era casualidad. Primero la aparición de Esteban. Luego la invitación. Y ahora hombres vigilando la galería. Demasiadas coincidencias. Recordó entonces una conversación que había tenido años atrás con su abuelo. Era apenas un adolescente. Aquella tarde, mientras recorrían una antigua finca familiar, el anciano le había dicho algo que en ese momento no entendió. "El dinero atrae enemigos, Leonardo. Pero los secretos atraen personas mucho más peligrosas." Nunca preguntó a qué secretos se refería. Ahora comenzaba a sospechar que quizá siempre habían estado relacionados con Valeria. Y con Camila. Andrea observaba la pantalla de su computadora con el ceño fruncido. El investigador privado al que había contratado apenas dos días antes acababa de enviarle el primer informe. Esperaba encontrar deudas. Escándalos. Algún pasado vergonzoso que pudiera utilizar contra Camila. Pero no encontró nada de eso. Todo lo contrario. Había reconocimientos por concursos de pintura. Becas obtenidas por mérito propio. Exposiciones independientes. Trabajos comunitarios con niños. Incluso cartas de recomendación escritas por reconocidos artistas. Andrea cerró el archivo con fastidio. —Perfecta... Murmuró aquella palabra con evidente molestia. No soportaba la idea. Necesitaba encontrar un punto débil. Algo que destruyera la imagen de Camila. Fue entonces cuando sonó su teléfono. —¿Sí? —Señorita Andrea... Era el investigador. —Encontré algo más. Ella volvió a sentarse. —Habla. —No tiene que ver con Camila. Tiene que ver con su madre. Andrea permaneció completamente inmóvil. —Continúe. —El nombre de Valeria aparece relacionado con un accidente ocurrido hace casi treinta años. Pero el expediente oficial presenta varias irregularidades. Faltan documentos. Fotografías. Y algunas declaraciones desaparecieron del archivo. Andrea sintió cómo una sonrisa lenta comenzaba a dibujarse en su rostro. Por primera vez desde que empezó aquella historia, tenía una pista. Y estaba dispuesta a seguirla hasta el final. Aunque para hacerlo tuviera que aliarse con personas mucho más peligrosas de lo que imaginaba. Mientras tanto, Camila y Esteban llegaron al final del pasillo. Una vieja puerta de madera daba acceso a un pequeño patio interior cubierto por plantas y enredaderas. La noche era tranquila. Demasiado tranquila. Esteban observó a ambos lados antes de salir. Todo parecía despejado. —Creo que ya podemos... No terminó la frase. El sonido de un motor interrumpió el silencio. Un automóvil negro dobló lentamente la esquina. Se detuvo frente al callejón. Las luces permanecieron encendidas. La puerta trasera se abrió despacio. Un hombre descendió del vehículo. Alto. Cabello completamente gris. Vestido con un impecable traje oscuro. Caminó unos pasos hacia ellos. No parecía tener prisa. Al contrario. Transmitía la seguridad de quien sabía exactamente dónde encontrar a las personas que buscaba. Esteban palideció. Sus labios se movieron apenas. —No puede ser... Camila lo miró confundida. —¿Lo conoce? El hombre no respondió. Porque la persona que acababa de llegar ya estaba lo suficientemente cerca para hablar. Su voz fue tranquila. Casi amable. —Buenas noches, Esteban. Ha pasado demasiado tiempo. Después dirigió la mirada hacia Camila. La observó durante varios segundos. Con una intensidad que la hizo sentir incómoda. Finalmente sonrió con una mezcla de tristeza y alivio. —Tienes los ojos de tu madre. Camila sintió un vuelco en el pecho. El desconocido dio un paso más. —Permíteme presentarme. Mi nombre es Gabriel Ferrer. Y fui el mejor amigo de Sebastián Durán... hasta la noche en que desapareció.






