24

Camila sintió que el pulso se le aceleraba.

Durante un instante creyó que había escuchado mal. Todo lo ocurrido desde que comenzó a investigar había sido extraño, pero aquello era diferente. Ya no se trataba de documentos antiguos, fotografías o recuerdos incompletos. Había personas vigilando. Personas que parecían saber exactamente dónde estaba y con quién se encontraba.

Su mirada se dirigió instintivamente hacia la ventana.

—¿Puedo verlos?

Esteban negó con la cabeza.

—Es mejor que no.

Su respuesta no fue autoritaria, sino serena. La de alguien que había aprendido, a fuerza de errores, que la curiosidad podía ser peligrosa.

Camila respiró hondo, intentando controlar la ansiedad.

—Necesito que deje de hablarme con acertijos. Llevo semanas escuchando medias verdades. Alejandro hace lo mismo. Todos parecen conocer una historia que yo soy la única incapaz de entender.

Esteban permaneció en silencio unos segundos.

Después tomó asiento frente a ella y apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Tienes razón.

Aquellas dos palabras sorprendieron a Camila más que cualquier otra cosa.

—Y precisamente por eso voy a contarte lo que nadie ha querido decirte.

La joven sintió un nudo en la garganta.

Esteban tomó la fotografía donde aparecían Valeria y Sebastián.

La observó con una mezcla de nostalgia y tristeza.

—Conocí a tu madre cuando los tres éramos muy jóvenes. Ella acababa de terminar sus estudios de arte y soñaba con abrir un espacio para artistas que no tenían oportunidades. Sebastián era arquitecto. Yo ya trabajaba como galerista.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

—Éramos inseparables.

Camila escuchaba sin apartar la vista de él.

Cada palabra parecía colocar una pieza más en un rompecabezas que llevaba años incompleto.

—Valeria y Sebastián se enamoraron casi sin darse cuenta. No fue una de esas historias impulsivas que comienzan de un día para otro. Se hicieron amigos primero. Compartían proyectos, viajes, discusiones interminables sobre arte... y un día simplemente dejaron de imaginar la vida por separado.

El pecho de Camila se oprimió.

Era la primera vez que alguien hablaba de su madre de aquella manera.

No como un recuerdo lejano.

Sino como una mujer llena de sueños.

Llena de vida.

—¿Y Alejandro?

Esteban levantó la vista.

La pregunta parecía inevitable.

—Alejandro apareció tiempo después. Ya era un empresario muy prometedor y patrocinaba varios proyectos culturales. Así fue como conoció a Valeria.

Camila esperó.

—Él también se enamoró de ella.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Camila sintió que las piezas comenzaban a encajar.

—¿Mi madre...?

—No.

Esteban respondió antes de que terminara la pregunta.

—Valeria apreciaba mucho a Alejandro, pero estaba enamorada de Sebastián.

Aquella respuesta provocó una sensación extraña en Camila.

No sabía si sentir alivio o mayor confusión.

Porque entonces la pregunta era todavía más evidente.

—¿Qué pasó para que todo terminara?

Esteban bajó lentamente la mirada.

La serenidad que había mantenido hasta ese momento comenzó a resquebrajarse.

—Ocurrió una noche.

Una noche que ninguno de nosotros ha podido olvidar.

A varios kilómetros de allí, Leonardo salía de las oficinas cuando su teléfono comenzó a sonar.

Era Diego, el jefe de seguridad de la familia.

Leonardo respondió de inmediato.

—¿Qué sucede?

—Señor, recibimos un aviso hace unos minutos.

—¿Sobre qué?

—Sobre la señorita Camila.

Leonardo se detuvo en seco.

—¿Qué pasó?

—No lo sabemos con certeza, pero uno de nuestros hombres vio un vehículo sospechoso estacionado frente a la Galería Artium.

Leonardo frunció el ceño.

—¿Qué hacía Camila allí?

—Eso no lo sabemos.

Sintió una punzada de inquietud.

Sin pensarlo dos veces abrió la puerta de su automóvil.

—Mantengan vigilancia.

Voy para allá.

Dentro de la galería, Esteban permanecía inmóvil.

Parecía debatirse entre continuar o guardar silencio.

Finalmente abrió un viejo cuaderno de t***s de cuero.

Las hojas estaban amarillentas por el tiempo.

En la primera página había una fecha.

17 de septiembre de 1998.

—Ese día cambió nuestras vidas.

Camila observó la escritura.

Era elegante.

Cuidadosa.

—¿Es el diario de mi madre?

Esteban negó despacio.

—No.

Es el de Sebastián.

El corazón de Camila dio un vuelco.

Durante semanas aquel hombre había sido apenas un nombre.

Ahora tenía una voz.

Un pasado.

Y quizá también respuestas.

Esteban acarició la cubierta del cuaderno antes de hablar.

—Sebastián escribía cuando sentía que las cosas escapaban de su control.

Las últimas páginas fueron escritas pocos días antes de desaparecer.

Camila levantó la cabeza de golpe.

—¿Desaparecer?

El hombre cerró los ojos.

—Todo el mundo dijo que murió.

Pero nunca encontraron su cuerpo.

El mundo pareció detenerse.

Camila sintió que el aire se volvía insuficiente.

—¿Está diciendo que Sebastián Durán podría seguir vivo?

Esteban no respondió enseguida.

Miró nuevamente hacia la ventana.

Luego volvió a ella.

—Durante treinta años me he hecho la misma pregunta.

Y hace dos semanas...

recibí una llamada.

Camila apenas podía respirar.

—¿De quién?

Esteban tragó saliva.

Por primera vez su voz tembló.

—De un hombre que llevaba tres décadas creyendo muerto.

Antes de que pudiera decir un nombre, un estruendo rompió el silencio.

El sonido de un vidrio haciéndose añicos resonó por toda la galería.

Camila se sobresaltó.

Instintivamente se agachó.

Otro golpe.

Después un grito proveniente del vestíbulo.

Esteban se puso de pie de inmediato.

Su expresión cambió por completo.

Ya no era la de un hombre mayor recordando el pasado.

Era la de alguien que sabía exactamente lo que estaba ocurriendo.

—Llegaron demasiado pronto...

Los pasos comenzaron a escucharse en el pasillo.

Lentos.

Firmes.

Acercándose.

Camila miró la única puerta de la sala mientras sentía que el corazón le golpeaba con fuerza el pecho.

Entonces...

la manija empezó a girar lentamente.

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