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21: Una amenaza elegante

La noche terminó mucho después de lo que Camila habría deseado.

Cuando finalmente abandonaron el hotel, sentía los pies adoloridos, la cabeza llena de pensamientos y el corazón peligrosamente confundido.

Durante el trayecto de regreso apenas habló.

Intentó convencerse de que las palabras de Leonardo no significaban nada especial. Que simplemente estaba siendo educado. Que defenderla delante de otras personas era parte del papel que ambos estaban desempeñando.

Sin embargo, una parte de ella no terminaba de creerlo.

Porque había visto su expresión.

Había escuchado su tono.

Y sobre todo, había notado algo que jamás había visto antes.

Sinceridad.

Aquello la asustaba más de lo que quería admitir.

Después de todo, Leonardo seguía teniendo una relación con Andrea.

Y Camila sabía perfectamente lo peligroso que era alimentar esperanzas donde no debía.

Por eso, cuando el automóvil se detuvo frente a su edificio, se obligó a mantener cierta distancia emocional.

—Gracias por acompañarme.

La voz de Leonardo la sacó de sus pensamientos.

—Gracias por invitarme.

Por unos segundos ninguno se movió.

Aquella incomodidad extraña volvía a aparecer cada vez con más frecuencia entre ellos.

No era desagradable.

Solo nueva.

Finalmente Camila abrió la puerta.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Camila.

Ella bajó del automóvil sin imaginar que alguien observaba toda la escena desde la distancia.

Andrea llevaba más de veinte minutos esperando.

Sentada dentro de su vehículo, observó cómo Camila desaparecía dentro del edificio y cómo el automóvil de Leonardo permanecía detenido unos segundos más antes de marcharse.

La expresión de la joven era completamente diferente a la sonrisa perfecta que mostraba en público.

Había desaparecido toda dulzura.

Toda elegancia.

Toda amabilidad.

Lo único que quedaba era frustración.

Porque por primera vez desde que conocía a Leonardo, sentía que estaba perdiendo terreno.

Y Andrea no estaba acostumbrada a perder.

Durante años había conseguido exactamente lo que quería.

Los contactos adecuados.

Las amistades adecuadas.

Las oportunidades adecuadas.

Todo había ocurrido según sus planes.

Hasta ahora.

Tomó el teléfono.

Marcó un número.

Y esperó.

—Necesito información sobre alguien.

Al día siguiente, Camila intentó regresar a la normalidad.

O al menos a una versión aceptable de normalidad.

Pasó la mañana trabajando en varios cuadros pendientes para una exposición local y por algunas horas consiguió olvidarse de los Montenegro.

De Leonardo.

De Andrea.

De Alejandro.

De todos.

Fue un alivio.

Pequeño.

Temporal.

Pero un alivio al fin y al cabo.

Aquello duró exactamente hasta que alguien llamó a la puerta.

Cuando abrió, encontró un enorme arreglo floral.

Probablemente el más grande que había visto en su vida.

Camila parpadeó varias veces.

Confundida.

—¿Señorita Camila?

—Sí.

—Esto es para usted.

El repartidor le entregó una tarjeta.

Y después se marchó.

Camila observó las flores durante algunos segundos antes de leer el mensaje.

"Felicitaciones por la subasta de anoche. Tu trabajo merece reconocimiento."

No había firma.

Pero tampoco era difícil adivinar quién lo había enviado.

El problema era que existían dos posibilidades.

Y ninguna le gustaba.

Tomó el teléfono.

Marcó inmediatamente.

—¿Me enviaste flores?

Al otro lado de la línea hubo unos segundos de silencio.

—Hola para ti también.

Definitivamente era Leonardo.

—¿Sí o no?

—Sí.

Camila cerró los ojos.

Por alguna razón aquella respuesta consiguió ponerla nerviosa.

—No tenías que hacerlo.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo hiciste?

La respuesta tardó varios segundos.

—Porque quería felicitarte.

Aquella sencilla explicación logró desarmar todas las protestas que había preparado.

Porque sonaba sincera.

Y porque empezaba a descubrir que Leonardo era mucho más difícil de enfrentar cuando hablaba honestamente.

—Gracias.

—De nada.

Hubo una breve pausa.

—Aunque sinceramente creo que las flores son horribles.

Camila soltó una carcajada.

—¿Qué?

—Mi secretaria las eligió.

—Ahora me gustan más.

—Mentira.

—Un poco.

Aquello provocó otra de esas raras risas que últimamente parecían aparecer cada vez con más frecuencia entre ellos.

Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, ambos notaron lo mismo.

Cada conversación comenzaba a sentirse más natural.

Más fácil.

Más peligrosa.

Dos días después, Camila recibió una invitación inesperada.

Una galería importante de la ciudad quería exponer varias de sus obras.

La noticia la dejó completamente sorprendida.

Era una oportunidad enorme.

Probablemente la mejor que había recibido hasta ese momento.

Y aunque una parte de ella se sintió emocionada, otra comenzó a sospechar inmediatamente.

Porque la coincidencia era demasiado grande.

Demasiado conveniente.

Por eso decidió investigar.

Y lo que descubrió no le gustó.

Nada.

La galería pertenecía a un grupo empresarial relacionado con los Montenegro.

Aquello bastó para enfurecerla.

Porque inmediatamente asumió que Alejandro estaba interviniendo otra vez.

Moviendo influencias.

Abriendo puertas.

Tomando decisiones por ella.

Sin pedir permiso.

Sin consultarle.

Sin respetar sus esfuerzos.

Esa misma tarde se presentó en las oficinas centrales de la empresa.

Y por primera vez desde que comenzó toda aquella historia, entró directamente al despacho de Leonardo sin anunciarse.

Él levantó la vista sorprendido.

—¿Qué ocurrió?

Camila dejó varios documentos sobre el escritorio.

—Eso quiero saber yo.

Leonardo observó los papeles.

Y frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

—Una exposición.

—¿Y?

—¿Y?

La indignación en su voz hizo que él se incorporara lentamente.

—Camila, necesito más contexto.

—¿Tu familia compró una exposición para mí?

El silencio que siguió fue inmediato.

Y la expresión de confusión en el rostro de Leonardo parecía genuina.

Demasiado genuina.

—¿Qué?

—No te hagas el inocente.

—No me estoy haciendo el inocente.

—Claro que sí.

Leonardo tomó los documentos y comenzó a leerlos.

Poco a poco.

Con atención.

Y mientras avanzaba, su expresión cambió.

Primero a sorpresa.

Después a molestia.

Y finalmente a algo mucho peor.

Comprensión.

—Mi padre.

Aquellas dos palabras bastaron para confirmar todas las sospechas de Camila.

—Lo sabía.

—Yo no tuve nada que ver.

—Claro.

—Camila.

—No.

La joven retrocedió un paso.

La decepción comenzaba a mezclarse con la rabia.

Porque durante unos días había permitido que bajaran sus defensas.

Había permitido que Leonardo se acercara un poco.

Y ahora sentía que todo volvía a complicarse.

—Estoy cansada de que ustedes decidan qué es mejor para mí.

El silencio llenó el despacho.

Y esta vez Leonardo no intentó interrumpirla.

Porque por primera vez empezaba a comprender exactamente cómo se sentía.

Y porque en el fondo sabía que tenía razón.

Sin embargo, ninguno de los dos imaginaba que la exposición no había sido organizada por Alejandro.

Ni por Leonardo.

Ni por nadie de los Montenegro.

Y que la persona responsable acababa de entrar en la historia.

Una persona que llevaba años observando desde las sombras.

Alguien que conocía perfectamente el nombre de Valeria.

Y también el de Sebastián Durán.

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