Mundo ficciónIniciar sesiónCamila salió del edificio de los Montenegro con el corazón latiéndole con fuerza.
El enojo seguía ahí, mezclado con una culpa incómoda que no quería reconocer. Mientras caminaba por la acera recordó la expresión de Leonardo durante la discusión. No había visto arrogancia en su rostro. Tampoco la paciencia calculada que acostumbraba mostrar cuando intentaba convencer a alguien. Había visto desconcierto. Y eso era precisamente lo que más la inquietaba. Si realmente él no sabía nada de la exposición, significaba que había alguien más moviendo piezas detrás de aquella historia. Alguien con suficiente poder para acercarse a ella sin levantar sospechas. Cuando llegó a su apartamento encontró a Sofía organizando varias cajas con materiales para la exposición. —¿Cómo te fue? Camila dejó el bolso sobre el sofá y se dejó caer a su lado. —Cada día entiendo menos lo que está pasando. Durante varios minutos le contó toda la discusión con Leonardo. Sofía escuchó sin interrumpirla, algo poco habitual en ella. Solo cuando terminó apoyó los codos sobre las rodillas y habló con calma. —Hay algo que no encaja. —Lo sé. —No. Escúchame bien. Sofía tomó la carpeta de la galería y comenzó a revisar cada hoja. —Si Alejandro quisiera ayudarte, no lo haría de esta manera. Camila frunció el ceño. —¿Por qué no? —Porque lleva semanas intentando que confíes en él. Hacer algo a tus espaldas sería exactamente la forma de perder esa confianza. Aquellas palabras la hicieron pensar. Era cierto. Alejandro cometía muchos errores, pero nunca parecía actuar sin calcular las consecuencias. Entonces... ¿Quién había organizado todo aquello? A varios kilómetros de allí, Leonardo entró sin llamar al despacho de su padre. Alejandro levantó la vista del escritorio. Solo necesitó observar la expresión de su hijo para comprender que algo había ocurrido. —¿Qué pasó? Leonardo dejó la carpeta sobre la mesa. —Quiero una explicación. Alejandro abrió los documentos lentamente. Leyó la primera página. Después la segunda. Y finalmente levantó la mirada. —No sé de qué estás hablando. —Camila cree que compraste una exposición para ella. Alejandro negó con tranquilidad. —No fui yo. Leonardo permaneció inmóvil. Durante unos segundos buscó alguna señal de mentira. No encontró ninguna. Conocía demasiado bien a su padre. Sabía cuándo manipulaba una situación. Sabía cuándo ocultaba información. Y aquella vez... Parecía sinceramente sorprendido. —¿Entonces quién lo hizo? Alejandro volvió a mirar los documentos. Su expresión cambió apenas un instante. Un detalle tan pequeño que cualquiera habría pasado por alto. Excepto Leonardo. —¿Sabes algo? Alejandro tardó demasiado en responder. —Solo sé que esa galería lleva muchos años sin aceptar artistas por recomendación. —¿Qué significa eso? —Que quien consiguió esa exposición no utilizó influencias. Leonardo sintió un escalofrío. —Entonces alguien realmente conoce el trabajo de Camila. Alejandro permaneció pensativo. —O alguien quiere acercarse a ella. El silencio que siguió fue inquietante. Porque ambos estaban llegando exactamente a la misma conclusión. Y a ninguno le gustaba. Mientras tanto, en otro extremo de la ciudad, un hombre observaba varias pinturas apoyadas contra la pared de un amplio estudio. El lugar estaba lleno de esculturas, lienzos antiguos y fotografías de exposiciones realizadas durante más de treinta años. Sobre el escritorio descansaba una fotografía gastada por el tiempo. En ella aparecía una joven Valeria sonriendo. A su lado estaba Sebastián Durán. Y detrás de ambos, apenas visible, un tercer hombre observaba directamente a la cámara. El mismo hombre que ahora sostenía aquella fotografía entre sus manos. Habían pasado casi treinta años. Las canas cubrían parte de su cabello y las arrugas marcaban su rostro, pero sus ojos conservaban la misma intensidad de entonces. Tomó otra fotografía. Era reciente. Mostraba a Camila durante la subasta benéfica. Sonrió con una mezcla de nostalgia y tristeza. —Eres idéntica a ella... Su secretaria llamó suavemente a la puerta. —Señor Esteban... Él levantó la vista. —¿Sí? —La invitación fue entregada. —¿Aceptó? —Todavía no responde. Esteban dejó la fotografía sobre el escritorio. —Responderá. La secretaria dudó unos segundos. —¿Está seguro de que es buena idea involucrarse ahora? Él caminó lentamente hasta la ventana. Desde allí podía verse gran parte de la ciudad. Una ciudad donde demasiadas personas llevaban años escondiendo secretos. —Esperé demasiado tiempo. Su voz sonó cansada. —Valeria merecía algo mejor. La secretaria bajó la mirada. Conocía aquella historia. Al menos una parte. —¿Y Sebastián? Durante unos segundos nadie habló. Finalmente Esteban respondió con una serenidad que resultaba más inquietante que cualquier grito. —Si sigue vivo... es momento de que deje de esconderse. Esa misma noche, mientras Camila revisaba algunos bocetos en su estudio, alguien llamó nuevamente a la puerta. Pensó que sería Sofía. Al abrir encontró a un mensajero. —¿Señorita Camila? —Sí. El hombre le entregó un sobre color marfil. No tenía remitente. Solo su nombre escrito con una elegante caligrafía. Cuando cerró la puerta lo abrió con cuidado. Dentro había una única tarjeta. "Su madre nunca dejó de buscar la verdad." Camila sintió un nudo en el estómago. Sacó otra hoja. Era una invitación. Galería Artium. Exposición privada. Mañana. 7:00 p. m. Al final aparecía una frase escrita a mano. "Ha llegado el momento de conocer la historia completa." El pulso comenzó a acelerársele. Aquello ya no parecía una coincidencia. Alguien conocía a su madre. Alguien sabía que ella estaba investigando. Y, por primera vez, ese alguien había decidido salir de las sombras. Camila volvió a leer la nota una vez más. Sin darse cuenta de que, desde el edificio de enfrente, una persona observaba la luz de su apartamento a través de unos binoculares. Esperando. Paciente. Como si llevara años aguardando exactamente ese momento.






