23

Camila apenas durmió aquella noche.

La invitación permaneció sobre la mesa del comedor durante horas. Varias veces estuvo a punto de romperla y tirarla a la basura. Otras tantas sintió el impulso de llamar a Alejandro, exigir explicaciones y preguntarle si aquella nueva aparición también formaba parte de alguno de sus secretos.

Pero no lo hizo.

Algo le decía que, si comenzaba a desconfiar de todos por igual, terminaría alejándose de la verdad en lugar de acercarse a ella.

Aun así, la prudencia seguía siendo necesaria.

A la mañana siguiente fotografió la invitación y se la envió a Sofía.

La respuesta llegó apenas unos minutos después.

—No vayas sola.

Camila sonrió con tristeza.

Era exactamente lo que esperaba que su amiga dijera.

Durante años, Sofía había sido la única persona capaz de leer entre líneas cuando algo la inquietaba. Nunca necesitaba demasiadas explicaciones. Le bastaba escuchar el tono de su voz para entender cuándo el peligro era real.

Sin embargo, Camila sabía que aquello no era solo peligro.

Era una oportunidad.

Quizá la primera verdadera desde que había encontrado aquel viejo documento con el nombre de Sebastián Durán.

En las oficinas de Montenegro Corporación, Leonardo tampoco lograba concentrarse.

Tenía una reunión importante con varios inversionistas internacionales, pero las cifras proyectadas en la pantalla parecían perder sentido apenas intentaba analizarlas.

Su mente volvía una y otra vez a la discusión con Camila.

Recordaba la decepción reflejada en sus ojos.

No era la primera vez que ella desconfiaba de él.

Pero sí era la primera vez que aquello le molestaba tanto.

Cuando la reunión terminó, todos comenzaron a abandonar la sala.

Excepto él.

Permaneció sentado varios minutos mirando la ciudad a través de los enormes ventanales.

—Pensando demasiado otra vez.

Leonardo levantó la vista.

Alejandro acababa de entrar sin hacer ruido.

—¿Desde cuándo espías a la gente?

—Desde que tengo un hijo incapaz de esconder lo que siente.

Leonardo soltó una risa breve.

—Entonces debes de ser un espía bastante malo.

Alejandro se acercó a la ventana.

Durante unos segundos ninguno habló.

El silencio entre ambos ya no resultaba incómodo.

Se había convertido en una especie de idioma compartido.

—No fuiste tú.

No era una pregunta.

Alejandro negó lentamente.

—No.

—Entonces alguien se adelantó.

—Eso parece.

Leonardo cruzó los brazos.

—¿Quién?

El empresario tardó en responder.

—No lo sé.

Y era cierto.

Aquella incertidumbre comenzaba a preocuparlo.

Durante décadas había aprendido a identificar a cada persona que movía influencias dentro de su entorno. Sabía quién debía favores, quién buscaba alianzas y quién intentaba acercarse a su familia por interés.

Pero aquel nombre...

Esteban.

No aparecía en ninguno de sus registros recientes.

Y eso era precisamente lo extraño.

A las siete menos diez de la tarde, Camila llegó a la Galería Artium.

El edificio ocupaba una antigua casona restaurada en el centro histórico de la ciudad. Desde afuera parecía discreto, pero al cruzar la puerta descubrió un espacio amplio, iluminado por grandes ventanales y paredes completamente blancas donde descansaban obras de artistas nacionales e internacionales.

El ambiente estaba sorprendentemente tranquilo.

No había música.

No había prensa.

Solo unas pocas personas caminando entre las salas.

Una mujer de cabello gris se acercó con una sonrisa amable.

—Buenas noches. ¿Señorita Camila Valeria Rojas?

Ella asintió.

—La estábamos esperando.

Aquellas palabras hicieron que el corazón le diera un vuelco.

—¿Quién?

—El señor Esteban.

La mujer no añadió ningún apellido.

Como si fuera suficiente con mencionar su nombre.

Camila respiró profundamente antes de seguirla.

Atravesaron varios pasillos hasta llegar a una sala mucho más pequeña que las anteriores.

Las paredes estaban cubiertas por fotografías antiguas.

Exposiciones.

Pintores.

Escultores.

Coleccionistas.

Y entonces lo vio.

En el centro de una de las imágenes aparecía su madre.

Valeria.

Mucho más joven.

Sonriendo con la misma naturalidad que Camila recordaba de las pocas fotografías familiares que conservaba.

Pero no estaba sola.

A su derecha aparecía Sebastián Durán.

Y a su izquierda...

El mismo hombre que ahora permanecía de pie frente a ella.

—Buenas noches, Camila.

Su voz era pausada.

Serena.

Transmitía una tranquilidad que contrastaba con el caos que ella llevaba dentro.

—¿Usted es Esteban?

El hombre sonrió.

—Sí.

—¿Quién es usted?

Durante unos segundos él simplemente observó la fotografía.

Como si antes de responder necesitara regresar muchos años atrás.

—Fui amigo de tu madre.

Camila sintió un pequeño vacío en el pecho.

Otra vez la misma respuesta.

Amigo.

Todos parecían haber sido amigos de Valeria.

Pero ninguno contaba la historia completa.

—Eso también me dijo Alejandro.

Esteban dejó escapar una sonrisa triste.

—Alejandro siempre intenta simplificar las cosas.

—¿Y usted?

—Yo ya estoy demasiado viejo para seguir simplificando la verdad.

Aquella frase hizo que Camila permaneciera inmóvil.

El hombre caminó lentamente hasta una mesa donde descansaban varias carpetas perfectamente ordenadas.

Tomó una de ellas.

La abrió con cuidado.

Dentro había decenas de fotografías.

Cartas.

Recortes de periódico.

Invitaciones.

Todo relacionado con exposiciones de arte ocurridas casi treinta años atrás.

Camila observaba sin comprender.

Hasta que Esteban extrajo una carta amarillenta.

La colocó frente a ella.

En la parte inferior había una firma inconfundible.

Valeria.

—Tu madre me pidió que guardara esto.

Camila levantó la mirada.

—¿Por qué?

—Porque sabía que algún día alguien intentaría borrar su historia.

Un escalofrío recorrió su espalda.

—¿Quién?

Esteban la miró directamente a los ojos.

—Esa es la pregunta que llevo treinta años intentando responder.

El silencio volvió a instalarse entre ambos.

Esta vez no era incómodo.

Era el tipo de silencio que aparece justo antes de que una vida cambie para siempre.

Camila extendió lentamente la mano hacia la carta.

Pero antes de tocarla...

El teléfono de Esteban comenzó a sonar.

El hombre observó la pantalla.

Su expresión cambió por completo.

Palideció.

Rechazó la llamada sin responder.

Camila lo notó de inmediato.

—¿Qué ocurre?

Esteban guardó el teléfono lentamente.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía realmente preocupado.

—Nos encontraron.

Camila sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Quiénes?

Esteban caminó hasta la ventana y apartó apenas unos centímetros la cortina.

En la acera de enfrente había un automóvil negro estacionado.

Dentro, dos hombres observaban discretamente la entrada de la galería.

Esteban cerró la cortina de inmediato.

Luego volvió a mirar a Camila.

Su voz salió más baja que antes.

—La verdad sobre tu madre nunca estuvo olvidada, Camila.

Solo hubo personas muy interesadas en que nadie volviera a hablar de ella.

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