20: Bajo los reflectores

Aunque la conversación con Andrea había terminado hacía varios minutos, Camila seguía sintiendo una extraña sensación en el pecho.

No era exactamente felicidad.

Tampoco alivio.

Era algo más complicado.

Porque durante años se había acostumbrado a defenderse sola. Desde que era niña había aprendido que la mayoría de las personas no intervendrían cuando alguien la hiciera sentir menos. Había aprendido a guardar silencio, a sonreír cuando era necesario y a fingir que ciertos comentarios no le afectaban. Por eso, escuchar a Leonardo ponerle un límite a Andrea había resultado tan inesperado.

Y quizás precisamente por eso le había afectado más de lo que quería admitir.

La cena continuó mientras decenas de invitados recorrían el enorme salón decorado con lámparas de cristal y arreglos florales imposiblemente costosos. Camila caminaba junto a Leonardo saludando personas cuyos nombres olvidaba apenas unos segundos después de escucharlos. Empresarios, políticos locales, inversionistas y miembros de familias influyentes parecían conocer perfectamente a Leonardo.

A ella la observaban con curiosidad.

Algunos con amabilidad.

Otros con evidente desconfianza.

Era imposible no notarlo.

Sin embargo, aquella noche estaba decidida a no dejar que eso la afectara.

Al menos no demasiado.

—Estás pensando demasiado.

La voz de Leonardo apareció a su lado mientras tomaban una breve pausa cerca de una de las terrazas.

Camila soltó una pequeña risa.

—¿Tan evidente es?

—Un poco.

Ella apoyó los brazos sobre la baranda y observó las luces de la ciudad extendiéndose frente a ellos.

Desde aquella altura, todo parecía más pequeño.

Más simple.

—No me gustan estos lugares.

La confesión salió sin pensarlo.

Leonardo permaneció en silencio unos segundos.

—Lo imaginé.

—Siento que todo el mundo está evaluándome.

—Porque probablemente lo están haciendo.

Camila giró la cabeza para mirarlo.

—Gracias por aumentar mi tranquilidad.

Por primera vez aquella noche, una sonrisa apareció en el rostro de Leonardo.

No una sonrisa completa.

Pero sí suficiente para suavizar sus facciones.

—No vine a mentirte.

—Eso es discutible.

—Justo.

Aquello provocó que ambos rieran ligeramente.

Y por un instante, el ambiente entre ellos se sintió extrañamente cómodo.

Tan cómodo que resultó peligroso.

Porque Camila llevaba años enamorada de él en silencio.

Y estar cerca de Leonardo cuando se comportaba como una persona normal era mucho más difícil que lidiar con el Leonardo frío y distante al que estaba acostumbrada.

El Leonardo arrogante era fácil de odiar.

Este no.

Minutos después, el organizador principal del evento subió al escenario para dar un discurso.

Tras agradecer las donaciones y explicar los objetivos de la fundación, anunció algo que tomó por sorpresa a prácticamente todos los asistentes.

La subasta benéfica incluiría varias obras de artistas locales.

Entre ellas, una pintura de Camila.

La joven tardó unos segundos en comprender lo que acababa de escuchar.

—¿Qué?

Leonardo giró hacia ella.

—¿Qué ocurre?

—Mi cuadro.

—¿Qué pasa con él?

—No sabía que iba a estar aquí.

La sorpresa era completamente genuina.

Meses atrás había donado una obra a una fundación cultural, pero jamás imaginó que terminaría formando parte de aquella gala.

El presentador comenzó a hablar sobre la pintura.

Sobre la artista.

Sobre algunos de sus reconocimientos locales.

Y mientras escuchaba, Camila sintió cómo decenas de miradas comenzaban a dirigirse hacia ella.

Aquello la puso nerviosa inmediatamente.

Sin embargo, algo inesperado ocurrió.

Las expresiones de los invitados empezaron a cambiar.

Las personas que hasta ese momento parecían verla únicamente como la joven que acompañaba a Leonardo comenzaron a observarla de otra manera.

Con interés.

Con respeto.

Con genuina curiosidad.

Porque por primera vez no estaban viendo a una posible futura esposa.

Estaban viendo a una artista.

Y eso significaba mucho para ella.

Muchísimo.

Cuando la subasta comenzó, varias personas mostraron interés en la obra.

Las ofertas fueron aumentando poco a poco.

Una tras otra.

Hasta alcanzar una cifra muy superior a la que Camila había esperado.

La emoción y la incredulidad se mezclaron dentro de ella mientras observaba cómo el martillo finalizaba la venta.

Los aplausos llenaron el salón.

Y durante unos segundos quedó completamente inmóvil.

Sin saber qué hacer.

Sin saber qué decir.

—Felicidades.

La voz de Leonardo sonó sincera.

Completamente sincera.

Camila lo observó.

Y por primera vez notó algo extraño en sus ojos.

Orgullo.

No por él.

No por la familia.

No por los negocios.

Por ella.

—Gracias.

—Fue impresionante.

La joven bajó la mirada, ligeramente avergonzada.

—No exageres.

—No lo hago.

Aquella respuesta fue tan directa que no encontró forma de discutirla.

Y eso la puso aún más nerviosa.

Sin embargo, la tranquilidad duró poco.

Porque mientras varios invitados se acercaban para felicitarla, una voz masculina se abrió paso entre el grupo.

—Ahora entiendo el interés.

El comentario provocó que algunas personas guardaran silencio.

Camila levantó la vista.

Frente a ella se encontraba uno de los empresarios invitados.

Un hombre de unos cincuenta años al que apenas había saludado al llegar.

La sonrisa que mostraba parecía amable.

Pero sus ojos no.

—¿Disculpe?

El hombre tomó una copa de vino.

—Es una artista talentosa.

Muy conveniente para alguien que intenta integrarse en ciertos círculos.

El comentario cayó como una piedra.

Pesado.

Incómodo.

Deliberadamente ofensivo.

Algunas personas apartaron la mirada.

Otras fingieron no escuchar.

Y Camila sintió aquella familiar sensación de humillación comenzando a aparecer.

La misma sensación que había experimentado tantas veces durante los últimos días.

La diferencia era que esta vez no estaba sola.

—Creo que debería tener cuidado con lo que insinúa.

La voz de Leonardo sonó tranquila.

Pero fría.

Muy fría.

El empresario sonrió.

—Solo estaba haciendo una observación.

—Entonces permítame hacer una también.

El silencio se extendió por el pequeño grupo.

Porque todos conocían aquel tono.

Y ninguno parecía dispuesto a interrumpir.

Leonardo dio un paso adelante.

—Camila construyó su carrera sola.

Mucho antes de que cualquiera de ustedes escuchara hablar de este matrimonio.

No necesita el apellido Montenegro para demostrar su talento.

Las palabras fueron pronunciadas sin elevar la voz.

Sin dramatismo.

Sin necesidad de gritar.

Y precisamente por eso tuvieron tanto impacto.

Porque eran sinceras.

El hombre pareció incómodo por primera vez.

—No era mi intención ofender.

—Entonces tuvo mala suerte.

La tensión se volvió palpable.

Finalmente el empresario murmuró una disculpa apresurada antes de alejarse.

Y poco a poco las conversaciones volvieron a la normalidad.

Sin embargo, Camila permaneció inmóvil.

Observando a Leonardo.

Porque aquella vez no había sido una defensa por compromiso.

No había sido una simple cortesía.

Había hablado con convicción.

Como si realmente creyera cada palabra.

Y eso la asustó más de lo que debería.

Porque cuanto más mostraba Leonardo esa versión de sí mismo, más difícil le resultaba recordar que seguía enamorado de otra mujer.

Y más difícil se volvía proteger su propio corazón.

Mientras tanto, al otro lado del salón, Andrea observaba la escena en silencio.

Y por primera vez desde que comenzó toda aquella historia, sintió algo que nunca había experimentado antes.

Miedo.

Porque acababa de darse cuenta de que Leonardo estaba empezando a mirar a Camila de una manera diferente.

Y eso era algo que no estaba dispuesta a permitir.

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