Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio que siguió a la entrada de Leonardo fue incómodo.
Pesado. Casi sofocante. Camila observó cómo cerraba la puerta del despacho sin apartar la mirada de ella. Había enojo en sus ojos. Mucho enojo. Y por alguna razón, eso le dolió más de lo que debería. Porque después de tantos años admirándolo en silencio, seguía siendo incapaz de entender cómo una simple mirada suya podía afectarla tanto. —¿Qué haces aquí? —preguntó Leonardo. La pregunta hizo que Camila frunciera el ceño. —Alejandro me pidió que me quedara. —Claro. Aquella única palabra sonó como una acusación. Leonardo soltó una risa amarga mientras se aflojaba ligeramente la corbata. —Qué conveniente. Camila tardó unos segundos en comprender lo que estaba insinuando. Y cuando lo hizo, sintió una mezcla de tristeza y enfado. —¿Qué se supone que significa eso? —Creo que está bastante claro. —Leonardo. La advertencia de Alejandro fue inmediata. Pero su hijo ni siquiera pareció escucharla. —¿Cuánto tiempo llevabas esperando esto? Camila lo miró confundida. —¿Esperando qué? —No te hagas la inocente. Aquello fue suficiente. Porque podía soportar muchas cosas. Las miradas de Victoria. Los comentarios de algunos familiares. La hostilidad de Andrea. Pero que Leonardo creyera algo así... Eso era diferente. —No sé de qué estás hablando. —¿En serio? Leonardo la observó fijamente. —Mi padre anuncia de repente que debemos casarnos y casualmente tú no sabes nada. —Porque no sabía nada. —Claro. La forma en que lo dijo dejó claro que no le creía. Camila sintió un nudo en la garganta. Durante años había imaginado conversaciones con Leonardo. Había imaginado momentos compartidos. Situaciones sencillas. Nada extraordinario. Nunca había imaginado esto. Nunca había imaginado verlo mirarla como si fuera una mentirosa. —No tuve nada que ver con esta decisión. —¿Y esperas que me lo crea? —Es la verdad. Leonardo soltó otra carcajada. —Mi padre lleva años protegiéndote. —Porque era amigo de mi madre. —Y ahora resulta que también quiere convertirte en una Montenegro. Alejandro dio un paso adelante. —Basta. —No. La respuesta de Leonardo fue inmediata. —Estoy cansado de que todos actúen como si esto fuera normal. Su mirada volvió a dirigirse hacia Camila. —¿Sabes qué es lo peor? Ella no respondió. No quería escuchar lo que venía después. Pero tampoco podía apartarse. —Que ni siquiera estoy sorprendido. Aquellas palabras dolieron más de lo que deberían. Porque implicaban algo muy concreto. Que él siempre había pensado lo peor de ella. Que jamás había confiado en ella. Que todos aquellos años habían sido suficientes para formarse una imagen que no tenía nada que ver con la realidad. —No tienes derecho a decir eso. La frase salió antes de que pudiera detenerla. Leonardo arqueó una ceja. Pareció sorprendido. Tal vez porque no estaba acostumbrado a que ella le respondiera. Tal vez porque siempre la había visto callar. —¿No? —No. Por primera vez desde que comenzó aquella conversación, Camila sostuvo su mirada. Su corazón latía con fuerza. Pero no apartó los ojos. —Puedes estar enfadado con tu padre.Puedes estar enfadado con la situación.Incluso puedes odiar la idea de este matrimonio.Pero no tienes derecho a acusarme de algo que no hice. Leonardo permaneció inmóvil. Y por un instante, Camila creyó ver algo parecido a la sorpresa en su rostro. Solo duró un segundo. Después desapareció. —¿Y qué quieres que piense? —La verdad. —¿Cuál verdad? Camila respiró profundamente. —Que yo tampoco quiero esto. Aquello no era completamente cierto. Una parte de ella sí había soñado alguna vez con estar a su lado. Pero no así. Nunca así. No bajo aquellas circunstancias. No siendo obligada. No viendo el desprecio reflejado en sus ojos. —Si pudiera elegir —continuó—, ahora mismo estaría en mi apartamento terminando un cuadro. No aquí. No en medio de esta discusión. La habitación quedó en silencio. Alejandro observó a ambos sin intervenir. Como si quisiera ver cómo terminaba aquello. —No te creo. La respuesta de Leonardo llegó después de varios segundos. Y fue peor que cualquier otra cosa que hubiera dicho. Porque sonó sincera. Realmente no le creía. Camila sintió cómo algo dentro de ella se enfriaba. Muy poco. Apenas una grieta diminuta. Pero estaba ahí. —Eso es problema tuyo. Leonardo parpadeó. La respuesta parecía haberlo tomado desprevenido. A decir verdad, también sorprendió a Camila. No estaba acostumbrada a defenderse. Mucho menos frente a él. Durante años había evitado cualquier conflicto. Siempre había preferido guardar silencio. Pero aquella noche estaba cansada. Cansada de ser juzgada. Cansada de que otros decidieran quién era. Cansada de cargar con culpas que no le pertenecían. Tomó su bolso. —Creo que ya escuché suficiente por una noche. —Camila... Alejandro intentó detenerla. Ella negó suavemente con la cabeza. —Necesito irme. Y era verdad. Necesitaba alejarse de aquella casa. Necesitaba pensar. Necesitaba recordar cómo respirar. Sin esperar respuesta, caminó hacia la puerta. Sin embargo, cuando pasó junto a Leonardo, se detuvo apenas un segundo. Lo suficiente para decir algo que llevaba años guardando. —Es triste. Él frunció el ceño. —¿Qué? Camila lo miró por última vez. —Que después de tantos años sigas sin conocerme. Y luego salió del despacho. Dejando atrás el silencio. A Alejandro. Y a un Leonardo que, por primera vez en mucho tiempo, no parecía tan seguro de tener razón.






