1. Un día cualquiera
El olor a pintura era una de las pocas cosas capaces de tranquilizar a Camila. Siempre había sido así. Cuando era niña, dibujaba para olvidar las discusiones que escuchaba a través de las paredes del pequeño apartamento donde vivía con su madre. Después de su muerte, dibujó para combatir la soledad. Y ahora, a sus veintitrés años, seguía refugiándose entre pinceles, lienzos y manchas de colores cada vez que el mundo se volvía demasiado complicado y aquella mañana no era la excepción. La luz del sol entraba por la única ventana de su estudio improvisado, iluminando los tubos de pintura desperdigados sobre una mesa vieja que ya había conocido tiempos mejores. El apartamento era pequeño. Muy pequeño. Pero era suyo. Cada rincón estaba lleno de algo que la representaba. Plantas junto a las ventanas. Libros apilados sobre el suelo. Cuadernos llenos de bocetos. Tazas manchadas de pintura. Y decenas de cuadros apoyados contra las paredes. Algunos terminados. Otr
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