El taxi se detuvo con brusquedad frente al edificio corporativo. Ricardo bajó de inmediato, arrojando unos billetes al asiento delantero antes de cerrar la puerta con fuerza. Su corazón latía con violencia, y el sudor helado que le recorría la espalda no tenía nada que ver con el clima. Caminó con paso firme hasta la entrada, ignorando a la recepcionista que intentó detenerlo. Tenía un objetivo claro: encontrar a Adrien y obtener respuestas.
En ese momento, las puertas del ascensor se abrieron,