La mansión Ferrer había pasado de ser un lugar de alegría y celebración a un escenario de completo caos. El aire parecía más denso, como si una nube invisible de incertidumbre y miedo se hubiera instalado entre sus muros. Todos estaban tensos, atrapados en un silencio perturbador que solo era interrumpido por los pasos acelerados de Carlos Ferrer, que caminaba de un lado a otro en el salón principal con el ceño fruncido y los puños apretados.
Isabella, aún aturdida por el desmayo que había sufr