El rugido de los motores del yate privado retumbaba en los oídos de Alejandro mientras intentaba mover sus muñecas atadas a los brazos de la silla. Estaba vendado, con la cabeza ladeada y el cuerpo adolorido, como si hubiera pasado horas inconsciente. Sus pensamientos eran confusos, pero algo dentro de él gritaba que Camila y su hijo estaban en peligro.
A varios metros de distancia, en otra sección del yate, Camila acunaba al bebé con desesperación. El pequeño lloraba sin cesar; su cuerpecito t