El reloj marcaba las once de la mañana. La luz del sol entraba a través de las grandes ventanas de la oficina de Alejandro Ferrer, iluminando los documentos esparcidos sobre su escritorio. Ricardo Medina, su inseparable amigo y mano derecha, estaba sentado frente a él, hojeando algunos papeles mientras Alejandro, absorto, apenas lograba concentrarse en lo que leía.
De pronto, Alejandro dejó el documento a un lado y se levantó de su silla, caminando hacia la ventana con las manos en los bolsillo