Adrien acariciaba suavemente el cabello de Camila mientras ella, aún temblorosa, se aferraba a su pecho. Sus dedos recorrían mechones de su melena con delicadeza, como si temiera romperla, como si necesitara asegurarse de que ella realmente estaba allí, respirando, viva, en sus brazos.
—Ven, acuéstate —susurró con voz baja, cálida—. Ya es tarde... Necesitas dormir.
Camila levantó la mirada hacia él. Sus ojos, grandes y brillantes, todavía reflejaban la confusión de todo lo que había recordado e