El amanecer apenas comenzaba a asomar en el horizonte, tiñendo el cielo de un tenue color ámbar. Adrien, sin embargo, llevaba horas despierto. No había podido dormir bien; Su mente estaba demasiado cargada de preocupaciones.
Ahora, sentado en su oficina, revisaba unos documentos con el ceño fruncido, la pluma en una mano, tachando y corrigiendo detalles casi de forma mecánica. Los ventanales dejaban pasar la suave luz matutina, iluminando las estanterías llenas de libros y los muebles de madera