Camila estaba en su habitación. La brisa tibia de la noche se colaba por la ventana entreabierta, moviendo suavemente las cortinas blancas. Exhausta, se quitó lentamente la ropa que llevaba puesta y se colocó su dormilona de seda, de un color azul pálido que resaltaba la calidez de su piel. Caminó hacia el espejo colgado en la pared, mirándose fijamente. Su reflejo le devolvía una imagen desconocida, como si no pudiera reconocerse del todo.
Se llevó los dedos a los labios con gesto pensativo, r