Margaret estaba en su habitación, sentada al borde de la cama, con el teléfono en la mano. Su ceño fruncido reflejaba su frustración. Había llamado a Álvaro varias veces, pero la primera vez él simplemente le colgó. Ahora, la llamada ni siquiera entraba; su teléfono enviaba directamente al buzón de voz.
—¡Maldita sea, Álvaro! —exclamó con furia mientras apretaba el teléfono en su mano.
Se levantó de la cama y comenzó a caminar de un lado a otro, intentando controlar su impaciencia. Algo no esta