Capítulo 35
La súplica de Alejandro flotó en el aire pesado de la funeraria vacía. Miranda sintió que el corazón le daba un vuelco violento. Miró la mano del magnate aferrada a su antebrazo; no era el agarre posesivo y dominante que él había tenido en la oficina cuando descubrió su secreto, sino el toque tembloroso de un hombre que se estaba ahogando y buscaba una tabla de salvación.
—Señor Villarreal... —susurró Miranda, con la voz cargada de duda y compasión—. Yo tengo que regresar a casa