El beso era un torbellino de emociones contradictorias. Tenía el sabor amargo de las lágrimas de Alejandro, pero también la fuerza arrolladora de un fuego que había estado contenido desde la noche en que se conocieron en el club. Las manos de Alejandro se aferraron a la cintura de Miranda con una desesperación casi dolorosa, como si temiera que, al soltarla, ella se desvaneciera en el aire dejando solo la fría realidad de la muerte a su alrededor.
Miranda se dejó llevar por unos segundos, r