Después de tres horas y cincuenta y siete minutos, de varias caídas en el cerro, por parte de algunos de nosotros, de llenar nuestras botellas en cada riachuelo y terminar mojándonos mientras nos tirábamos agua, de reírnos a más no poder por las bromas que íbamos dejando en el camino y de pasarlo muy bien entre amigos, llegamos a la base de las Torres del Paine. Era un lugar mágico, definitivamente.
Mientras los chicos dejaban los bastones en alguna roca enorme que habían encontrado, me alejé p