Cuando bajamos del ascensor en el piso de la oficina de Máximo, Mercedes tenía un rostro demacrado. Era obvio que estaba batallando internamente. Sentí tanta rabia en ese momento, que la Ivanna perra y maldita de los negocios salió a flote. Era como mi doble personalidad. Caminé hacia la recepción, seria e imponente, pero ni siquiera me detuve frente a Mercedes.
— ¡Tú, ven! — le hablé autoritaria a la chica, mientras le indicaba con mi dedo que me siguiera. Ella se asustó, pero me siguió, porqu