Cuando regresamos de esas pequeñas vacaciones grupales, sentí que podía, al fin, continuar con mi vida. Tranquilamente y sin culpas. Máximo estuvo todo el vuelo de regreso, en cada avión al cual nos subimos, corriéndome mano por debajo de nuestras chaquetas. Fue realmente un juego de niños chicos, pero debía reconocer, que me había divertido muchísimo. Nadie se había dado cuenta de nada, afortunadamente. Las azafatas fueron el real problema. Habían quedado flechadas con Máximo y cada cierto tie