EPÍLOGO

Había vivido una vida plena. Había sido muy feliz. No me quejaba de nada. Máximo me había dejado sola una mañana de domingo. Sufrió un infarto, ya era muy viejo. Murió a los noventa y seis años. Yo logré vivir un año más que él. Su pérdida no me dolió tanto como la de Arthur, porque en el fondo de mi corazón, sabía que los volvería a ver pronto, que no iba a ser tan larga la espera.

Estaba decaída, mis huesos me dolían. No estaba enferma, pero sí vieja. Escuché que el doctor les decía a mis sob
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