Estaba en mi cama, muerta en vida, como el primer día que tuve que volver a casa sin Arthur. Abrazaba su almohada y aspiraba su perfume, el que debían rociar sobre la tela cada vez que terminaban de limpiar mi habitación. No sabía qué hora era. Probablemente, pasadas las tres de la mañana. Un pensamiento asaltó mi mente y lo odié en el mismo instante en que llegó. Recordé que era catorce de febrero, el día de San Valentín. Arthur había fallecido hace un poco más de un mes. Exactamente, un mes y