La sala estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz que entraba a través de las cortinas entreabiertas. Afuera, el cielo tenía ese tono de gris que no amenaza tormenta, pero tampoco invita a salir. Era un día suspendido, como si el tiempo se hubiera detenido justo antes de decidir qué hacer con él.
Nina estaba sentada en el sofá, con las piernas recogidas y una manta ligera sobre los hombros. La taza de té en sus manos ya estaba fría, pero no la soltaba. No por el sabor, ni por el calor. Er