Volvió a ponerse sobre mí, cubriendo mi cuerpo con el suyo y haciéndome sentir todo su calor. Se inclinó y volvió a atrapar mis labios en un beso rudo y posesivo.
Sentí sus dedos empezando a estimularme mientras la presión de él contra mi entrada me hacía agonizar. Traté de moverme para que entrara, pero él no me dejó.
La sonrisa de engreído viendo mi cara de desesperación solo empeoró todo.
Llevé mis uñas hacia su pecho, arañándolo.
—¡Ey!… —miró las marcas rojas que le dejé y volvió a sonreír.