—¿Y te gustó el museo? —preguntó cuando se terminó la comida.
Fuimos a un restaurante cercano, hermoso, en una zona privada. Yo no había pronunciado ninguna palabra. Él había intentado hacerse el gracioso, tratar de aligerar el ambiente, contarme que su padre había entendido por qué no habíamos ido a trabajar.
«Nunca había visto a un Dante tan hablador, ni tratando de hacer chistes, cosa para la que es malísimo, uno de sus pocos defectos».
Lo que más me molestaba de todo... bueno, dos cosas.
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