Cuando los vi entrar juntos —Natalia y Sergei— sentí algo encenderse muy dentro de mí. No fue una emoción tranquila ni suave, sino una corriente intensa que me recorrió el pecho y me ancló en el presente. Había llegado antes del trabajo porque algunos de los muebles que ordenamos llegaron antes de lo previsto. Era necesario. Lo que había quedado en ese penthouse después de la noche del ritual era solo un eco de lo que habíamos sido: madera rota, telas hechas trizas, y un rastro de nuestra oscur