Me levanté, crucé los pasillos sin detenerme. Nadie se atrevió a interponerse.
La encontré en el último probador, de espaldas, luchando con el cierre de un vestido color esmeralda que parecía hecho para ser usado por una diosa.
Me acerqué sin anunciarme. Mi mano tocó su espalda desnuda.
Se estremeció.
—¿Te ayudo? Este parece perfecto.
Ella apenas asintió, con las mejillas sonrojadas.
Pero en vez de subirle el cierre lo bajé con una lentitud intencional. La tela cayó hasta sus caderas como agua