Leon gruñó durante todo el desayuno. Tenía motivos, porque para nosotros los días libres eran sagrados e intocables, pero, aun así, el Gran Consejero de la Nación decidió que él debía presentarse en el cuartel ese día porque los ataques de los rebeldes en las zonas de clase media se habían disparado. Obedeció, claro está, porque como inquisidores de la Nación era nuestra obligación atender los llamados de emergencia fuera la hora que fuera. Así que se fue junto con el resto de nuestros hermanos