El silencio pesaba como una lápida. Lo único que rompía su crudeza era el sonido lento, irregular… de la respiración de Natalia. Frágil, casi imperceptible. Pero ahí estaba. Volvía. Nuestra Natalia.
Habíamos mezclado nuestra oscuridad por ella, en cuerpo y alma para arrancarla del abismo. El penthouse ya no existía como tal. Lo que quedaba era un santuario profanado por nuestro dolor: los muros rotos, los espejos astillados, las cortinas hechas jirones, y en medio de la destrucción… nosotros.
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