No había rincón de mi memoria que no se hubiera iluminado bajo esa cruel exposición. Lo sentí con cada fibra de mi cuerpo, como si las escenas no fueran recuerdos, sino heridas recién abiertas. El dolor, la degradación, el abuso… todas las manos que me tocaron sin permiso, todas las voces que me ordenaron, todas las risas que se burlaron de mi impotencia. Y él estaba ahí, Sergei, observándolo todo a través del vínculo que jamás consentí, sintiendo cada fragmento de sufrimiento que se aferraba a