El lazo que nos unía era invisible, una conexión de deseo y posesividad que nos había llevado a reclamarla como nuestra. Su cuerpo temblaba entre nuestras manos, cediendo y arqueándose bajo el placer que la consumía. Cada jadeo, cada gemido, era una plegaria hecha carne, un ruego silencioso para que la lleváramos más allá de los límites de su propio deseo. Nuestro sol era una diosa, una criatura forjada en fuego y placer, y nosotros, sus devotos, adorábamos cada centímetro de su ser.
—Es perfec