Entramos al penthouse con la expectación ardiendo en nuestra sangre. Una vez adentro Sergei y yo nos miramos de reojo, conscientes de que el silencio no era normal. La puerta se cerró entonces con un leve chasquido.
La sala estaba vacía. Los sillones apenas mostraban señales de haber sido usados recientemente. La cocina, con su orden meticuloso, tampoco revelaba indicios de actividad. Lo mismo ocurría con el comedor. No había rastros de Natalia, Pavel, Alexei o Roman.
Y entonces mi gemelo y yo